Tragedia con final feliz
"Tan lleno y tan vacío a la vez..."
Qué es un espacio después de todo, sino un hueco en el tiempo, una nada entre cuatro paredes llenas de libros e historias.
La brisa de un otoño, la ventana abierta para ventilar, la luz del día menguante porque una cortina tan translúcida como verde no le permite ingresar del todo. A mí tampoco se me permitió ingresar del todo, sólo husmear por la rendija de una puerta entreabierta y hacer apenas un pequeño puñado de preguntas, de las cuales la mitad no tuvieron respuesta. Tampoco es que las necesitara... quién necesita respuestas cuando ya se cansó de las preguntas?
Entonces, como siempre, decido escribir, escucho sonar un piano y decido escribir, entro a ese despacho, no hay nadie, me siento unos momentos en su suave y cómodo sillón rojo, atrevidamente, decido escribir. Huelo la pena de quienes estuvieron y ahora no están, de quienes se fueron, y de quienes ahora mismo se están marchando... hay una nostalgia particular, pequeña, como esas canicas de vidrio con colores que usan los niños para jugar, aunque ya sean grandes. Una nostalgia ágil, corriendo por la vereda luego de ser golpeada por el niño con su pulgar... con la fuerza inocente pero bruta, que la hace atravesar el cuadriculado de las baldosas, precipitarse por el abismo de un simple cordón de vereda montevideana, y rodar metros abajo, por el borde de la calle, junto a algunas hojas húmedas de plátano hasta caer, por fin, en la alcantarilla.
Pensé entonces que quizá existieran dos maneras de conservar el mundo.
Hay personas que saben mucho, verdaderos ilustrados, filósofos contemporáneos, personas que han leído y vivido tanto... que tienen su almacén de conceptos y conocimientos. Luego hay personas que sienten mucho; mi almacén envuelve en papel de astraza los videos mentales donde aún puedo ver las manos de mi abuela estrujando mis pequeñas manitas al cruzar Barrios Amorín, y en simpáticos frascos de vidrio, apilados estratégicamente, guardo panaderos, nubes, caracolas, y reflejos del sol que nadie, -y cuando digo nadie es realmente nadie-, más vio.
"... la tragedia termina en horror y conmoción, no hay final feliz."
Por eso me siento en derecho a no estar de acuerdo con ese asunto... la vida es un acto de tragedia, pero para mí si hay final feliz, debe haberlo, lo habrá. Sin esa promesa no podría vivir. Tan simple y triste como eso. Qué tal si ahora mismo tomo uno de esos libros y lo abro al azar... tendrá un mensaje para mí? para nosotros? un augurio, una sentencia, un consejo, una verdad devastadora...
Aquí voy, el lomo es blanco, lo quito con cuidado porque quiero saber exactamente a dónde devolverlo, intentaré al marcharme dejar todo como estaba, lo abro sin leer la portada, sólo busco el mensaje, mi souvenir, un trocito de ese todo inmenso que alguien construyó minuto a minuto, transcurriendo la vida entre placeres y obligaciones, esa combinación que como un trago servido en la barra del antro "Night of Joy" puede marearte tanto hasta hacerte chocar contra una columna del alumbrado o bien perder de vista cómo se alejan los años y se acerca la muerte.
Ahora sí, dejo de escribir, abro el libro y leo, leo lo siguiente:
“Confíate gustosamente a Clotho y déjala tejer la trama con los sucesos que quiera”.
Y luego: “...indaga qué evitan los sabios y qué persiguen”.
y por último: “... al igual que las cosas que existen tienen una coordinación armónica, así también los acontecimientos que se producen manifiestan no una simple sucesión, sino cierta admirable afinidad”.
Por eso: esto.
Hoy mi fortuna es, -aunque seguramente despreciada por la mayoría-, haber estado, entrado, y respirado allí; haber detectado, (entre los infinitos estímulos del día, tareas del día y en el lugar menos esperado) una puerta entreabierta, a punto de cerrarse, llena de ganas de no hacerlo...
Mi fortuna: un mediodía simple de un invierno complejo, la nostalgia pequeña como canicas en las manos inocentes y torpes de los niños, los libros ajenos, que, aunque nuestros, nunca nos pertenecieron del todo ni lo harán, la cortina verde y traslucida, el suave y cómodo sillón rojo, la necesidad de soltar lo que una vez se soñó, la brisa nueva que no logra hacer el aire menos pesado.
Sí, definitivamente esa es mi fortuna hoy, ver, registrar, sentir, escribir con lágrimas y sin permiso, sobre ese espacio, ese hueco en el tiempo, ese vacío tan lleno, el sentido encontrado en los sinsentidos, y esa tragedia con final feliz según yo misma, todo eso, antes de que vaya a "desaparecer como un rostro de arena en la orilla del mar".


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